Paisajes marinos nº27 Colección Leonardo

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Paisajes marinos de la colección Leonardo
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Pintar un paisaje puede parecer más fácil, o de todas maneras menos dificultoso, que pintar un desnudo o un retrato. Sin embargo, en este caso también hay que resolver algunos problemas, tanto específicos como comunes a toda la pintura. El paisaje, concebido como tema exclusivos o predominante de un cuadro, es afrontado por primera vez durante el Renacimiento, y por cierto no es casualidad que justamente en aquella época se hubiesen descubierto y codificado desde hacía poco las leyes de la perspectiva. En efecto, un elemento específico del paisaje es el espacio, es decir la relación que existe entre los diferente volúmenes del cuadro, o sea – en definitiva. El sentido de profundidad dado por una perspectiva justa. A ello contribuye, además de la perspectiva leona, la perspectiva aérea, llamada también perspectiva del color; nosotros nos detendremos aquí en esta última, mientras que para la primera invitamos al lector a consultar del álbum nº5, dedicado precisamente a la perspectiva dibujada. Cada color tiene sus propias características de consistencia y luminosidad; puede ser más o menos puro, tener una fuerza mayor o menor en relación con los colores vecinos, presentarse aclarado u ofuscado. En el contexto pictórico de un cuadro, es en estos elementos donde hay que buscar (desde el punto de vista de la perspectiva) la “colocación” de un determinado color y su capacidad de crear una ilusión de espacio concreta; y estos factores son precisamente los que determinan la perspectiva aérea. Generalmente, al observador le parecen más cercanos los colores puros que los otros, mientras que los más densos y fuertes hacen retroceder a los más débiles hacia el fondo. En una escala de colores con más o menos la misma fuerza, diríamos que el naranja es el color más o menos la misma fuerza, diríamos que el naranja es el color más cercano a nosotros, que después viene el rojo, luego el amarillo, el verde y por último el azul, que parece el más lejano de todos. Pero si estos colores se ofuscaran o atenuaran uno por uno, a excepción del azul, entonces este nos parecería más cercano. En resumen, los colores tienen una dinámica propia que el pintor aprende a conocer y aprovecharon la practica; dicha dinámica –como nos ha enseñado el Impresionismo- está siempre relacionada con el problema de la luz. Luz y color son, en el fondo, la misma cosa, como podemos constatar observando un paisaje de arboles y prados, con colinas que cierran el horizonte, donde el suavizarse paulatino de los tonos a medida que nos acercamos al fondo tiende a dar la impresión del aire que circula, y el neto azul de las colinas acentúa la luminosidad del cielo. Todo ello, si el paisaje se ha pintado bien y el autor ha logrado plasmar una cierta “atmósfera”, se produce de formas natural. Es sabido que a lo lejos la densidad el aire tiende a adquirir reflejos azules, y que dicha distancia atenúa los colores, esfumando los contornos en la luz. De ello resulta que el pintor debe dar un mayor relieve de forma y color a los elementos en primer plano, mientras que resolverá de modo más suelto y sumario, con colores menos fuertes, las imágenes lejanas, haciéndolas tender cada vez más hacia el azul.
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